miércoles, 10 de diciembre de 2008

La realidad digital


Cuando la realidad sea toda ella digital, sufriremos menos que ahora. No hay más que traducir una cosa a este lenguaje para que pierda sustancia. Fíjense en los relojes, por ejemplo, que se han quedado tontos desde que perdieron la esfera circular y las manillas. Además, abres uno de esos relojes digitales y resulta que no llevan nada dentro. Están menos torturados que los de mi infancia. Yo era un destriparrelojes. Mi padre le decía a mi madre que iba para mecánico. Pero se equivocaba; no los abría para arreglarlos, sino para entender el mundo. Pensaba, fascinado ante aquel juego de engranajes, que si comprendía su naturaleza llegaría a dominar la mía. En aquella época, a Dios se le llamaba el relojero del universo. Hoy, con la invasión de los digitales, sería un desprestigio, porque un digital lo hace cualquiera: sólo necesita aire y una caja.

La realidad analógica es un asco: está llena de accidentes y de ruedas dentadas que al menor descuido te trituran. Y tiene más de dos elementos. Yo quiero apuntarme en seguida al pensamiento binario, donde todos los asuntos, por complicados que sean, se resuelven de un modo o de otro. Mi madre era de pensamiento binario, siempre decía una de dos: "Una de dos, o haces los deberes o te vas a la cama sin cenar". Mi padre, sin embargo, tenía un temperamento analógico. Todo le parecía complicado: también era aficionado a los relojes. Mamá intentó traducir a mi padre al sistema digital, que entonces no se llevaba y fracasó. Se murió analógico total, confuso, sin haber llegado a comprender por qué las cosas habían sido así y no de otro modo.

A lo mejor es que era un hombre de pensamiento borroso. El pensamiento borroso se va a poner de moda en seguida, en competencia con el digital. El débil ya no se lleva porque conduce a la desesperación. Lo borroso quiere decir que más allá de tus narices sólo ves sombras, como los esclavos de la caverna. La diferencia es que los esclavos tomaban por realidad aquellas sombras, mientras que nosotros sabemos que no son más que borrones. No hay quien aguante esa visión. Yo quiero que me traduzcan al sistema digital, para no sufrir. Pagaría cualquier cosa, pero no sé dónde lo hacen.


Juan José Millás / Articuentos

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