lunes, 12 de enero de 2009

La visita

La noche estaba clara. Era el resplandor de la luna que iluminaba como un gran farol encendido. Poco a poco las escasas luces del pueblo se fueron apagando, y fue sólo el resplandor lunar el que dibujaba sombras en las paredes del cuarto. Era el leve movimiento de las hojas de los árboles que proyectaban fantasmagóricas figuras.
La casa era mi casa, y antes había sido la casa de mis padres y aún antes la de mi abuela también. Los techos eran altos, con altas ventanas de marcos de madera. Las celosías abiertas para que entrara alguna brisa en la noche calurosa de verano. Todo estaba en calma, sin movimiento, salvo el de los sapos que salen a cazar con su viscosa lengua.
Recostada en una cama antigua, con respaldo en plata labrada, y sin poder conciliar el sueño, me detuve a percibir esas figuras que se proyectaban en un movimiento incesante. Presté más atención y sentí el chasquido de alas de algún insecto. Una chicharra, tal vez, o un grillo o un alguacil moribundo en algún rincón. Todos esos sonidos nocturnos me eran familiares, los había sentido una y otra vez desde mi infancia.
Así pasaron algunos minutos, no sabría decir cuántos, y ya empezaban a pesar mis párpados cuando de repente algo me sobresaltó. En el ángulo que formaba la unión de las dos paredes y en el claro oscuro de las luces azuladas de la noche, alguien se balanceaba en la mecedora de madera.
El miedo me paralizó. Pensé que eso no me estaba ocurriendo, que seguramente me habría dormido y entonces no podía distinguir el sueño de la realidad. Apreté fuerte los ojos y los volví a abrir bien grandes, a la vez que me sacudí en la cama para obligarme a despertar. Un poco más tranquila dirigí de nuevo la mirada a ese cono de luz y sombra. Y la mecedora continuaba su balanceo con ritmo lento pero continuo. Sobre ella, una mujer joven me miraba con ojos claros y serenos sin detener su movimiento. Tampoco parecía que quisiera decirme algo o que esperara algo de mí. Tan sólo me observaba profundamente. Con mayor claridad fui uniendo los rasgos de su cara en penumbras, y dibujando sobre ese rostro tan familiar mi recuerdo infantil. Estaba allí, mi madre, tal como la veía de pequeña, tal como eran mis débiles y escasos recuerdos de ella. Muchas veces me pregunté cómo sería volver a verla luego de tantos años. Y sin embargo estaba allí, como si hubiera estado siempre sin irse. Un impulso de alegría me invadió todo el cuerpo, quería abrazarla y decirle cuánto la había extrañado. Pero mi cuerpo estaba inmóvil, como anestesiado. Lo intenté de nuevo, y nada. Lo intenté una y otra vez más, sin resultados. Sólo mis ojos, mirando sus ojos. Y hablándole con la mirada le dije cuánto la quería. Volví a pensar que era un sueño. Pero la veía real y nítida. Pude ir relajando el cuerpo de la tensión que todo aquello me había producido. En un estado de beatitud me quedé así, inmóvil, en su compañía, con la respiración casi imperceptible, sin ninguna inquietud, ni pensamientos, ni más palabras que las dichas. No se escuchaba nada, sólo la suave brisa continuaba su danza de hojas y sombras proyectadas en la pared. Así permanecí, y así me desperté con el sol ardiendo en mi cara. En el rincón la mecedora parecía una foto del pasado, detenida en el tiempo.

Dicen que nuestros ángeles guardianes nos hacen un par de visitas a lo largo de nuestra vida.
Con ilusión de niña sigo esperando el próximo reencuentro.

Así me lo contó mi abuela cuando yo era pequeña.

Celeste Mazzadi
Cuento dedicado a Candela para que no olvide sus ansias de escribir

1 comentario:

Hearse dijo...

Oh!!
Vaya que hermos texto, sin duda alguna me encantó, es muy hermoso...
Espero mi ángel guardián me visite pronto...
Valiu

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