lunes, 24 de agosto de 2009

El grito desolado

Cuadro de Pieter Brueghel el Viejo, Icarus

Prisionero del rey Minos en la isla de Creta, Dédalo -el constructor del laberinto- se propone escapar junto con su hijo Icaro. Con el fin de huir por el aire, construye alas para volar, con plumas adheridas entre sí con cera. Advierte a Icaro que no debe acercarse al sol pues el calor derretirá la cera, deshaciendo así las alas. El joven, entusiasmado por la sensación singular de volar, de elevarse cada vez más, se acerca tan peligrosamente al sol que, tal como le había advertido su padre, las alas se desintegran e Icaro se precipita al mar.

Un cuadro de Pieter Brueghel el Viejo, pintado alrededor de 1560 y que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Bruselas, refleja el momento preciso de esa caída. En el ángulo inferior del cuadro se observan las piernas de Icaro, aún en la superficie, mientras que el resto de su cuerpo ya ha desaparecido bajo el agua. Salvo ese detalle que alude a la tragedia, a ese suceso extraordinario, el conjunto de la escena refleja el acontecer normal de la vida. En primer plano, un labriego sigue concentrado en arar la tierra, un pescador continúa con sus tareas, un ornado barco navega con sus velas desplegadas y, al fondo, muy a lo lejos, se avista un caserío iluminado por un sol cegador, el mismo responsable de la tragedia. Su único signo son, pues, esas pequeñas piernas de Icaro en el instante preciso en que están desapareciendo para siempre.

El gran poeta angloestadounidense W. H. Auden (1907-1973), al contemplar ese cuadro escribió, alrededor de 1938, antes de emigrar a los EE.UU., uno de sus poemas más conocidos, que tituló, precisamente, Museé des Beaux Arts . Concluye así (en la traducción de Manuel Sáenz):

"El Icaro de Brueghel, por ejemplo: todo se aleja/ pausadamente del desastre; el labriego con su arado/ pudo oír el chapuzón, el grito desolado, / pero para él no era importante; el sol brillaba/ sobre unas piernas blancas que se hundían/ en agua verde, y desde el costoso barco delicado veían/ lo prodigioso: un chico del cielo defenestrado;/ pero el barco seguía su rumbo y con calma navegaba".

Como lo señalan los amargos versos de Auden, la bella pintura plantea el llamativo contraste entre un hecho casi sobrenatural -la caída desde el cielo de un niño volador- y la rutinaria normalidad con la que prosigue la vida en el mundo que es testigo de ese hecho extraordinario. Nadie de entre quienes asisten a la escena parece conmoverse por eso inaudito que está sucediendo a su alrededor.

¿Serán cuadro y poema una acertada descripción del mundo? ¿Estaremos actuando, hoy como entonces, con una indiferencia similar a la del campesino ante el naufragio de las expectativas y los proyectos -las vidas- de muchos de nuestros semejantes? ¿Al igual que los tripulantes de ese barco -quienes sin prestar atención alguna a la tragedia de Icaro prosiguen hacia su destino-, nosotros tampoco reaccionaremos ante los evidentes signos del drama humano que no nos sería difícil advertir a cada paso?

Sin duda, en este tiempo convivimos con muchos Icaros. Quienes tienen éxito concitan atención y son recompensados. Pero quienes quedan en el camino, quienes -como Icaro- se precipitan al mar envueltos sólo en un grito de horror, lo hacen ante nuestra indiferencia. Como los personajes del cuadro, refugiados en el individualismo más crudo, no pocas veces continuamos nuestras vidas, indiferentes a los dramas humanos que se desarrollan en torno a nosotros. Tal vez deberíamos, al menos, prestar alguna atención a aquellos que fracasan en la tarea de vivir, de un modo llamativo por su desafiante osadía como Icaro o en silencio, por falta de posibilidades, como lo hace la mayoría. Caen a nuestro lado, pero no los miramos; ni siquiera oímos su grito desolado, como los personajes de la obra maestra que Brueghel pintó hace casi cinco siglos.

Guillermo Jaim Etcheverry

Educador y ensayista, Doctor en medicina por la Universidad de Buenos Aires, Diploma de Honor UBA, fue Decano de la Facultad de Medicina de la UBA entre 1986 y 1990, fue Rector de la UBA entre 2002 y 2006.
Es autor del libro La tragedia educativa, editorial Fondo de Cultura Económica, publicado en 1999, que recibió el premio al mejor libro de educación del año por las X Jornadas Internacionales de Educación.

Artículo publicado en la Revista La Nación el día 8 de febrero de 2009

1 comentario:

cantares dijo...

http://www.blogger.com/post-edit.g?blogID=8780669408827387903&postID=911245251154003824
te dejo el link de un post de febrero :) coincidimos en muchas cosas. Besos

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