miércoles, 19 de mayo de 2010

Las puertas del paraíso / Un cuento sufí



Había una vez un buen hombre. Pasó toda su vida cultivando las cualidades prescriptas a aquellos que alcanzarían el Paraíso. Ayudó generosamente a los pobres, amó y sirvió a sus semejantes. recordando la necesidad de tener paciencia, soportó grandes e inesperadas privaciones, a menudo en beneficio de otros. Ejecutó travesías en busca de conocimiento. Su humildad y su ejemplar comportamiento fueron tales que su reputación de hombre sabio y buen ciudadado resonó desde el Otiente al Occidente y del Norte al Sur.
Todas estas cualidades ciertamente las ejercitaba, todas las veces que se acordaba . Pero tenía un defecto: la negligencia.
Esta tendencia no era fuerte, y él consideraba que contrapesada con otras cosas que practicaba, sólo podría ser vista como una falta pequeña. Hubo algunos pobres a quienes no ayudó, pues de tiempo en tiempo tornábase insensible a sus necesidades. Algunas veces, también, olvidaba amar y servir, cuando surgía en él aquello que consideraba como necesidades personales, o al menos, deseos. Le gustaba dormir, y a veces, cuando estaba dormido, las oportunidades de buscar conocimiento o de entenderlo, o practicar real humildad, o aumentar en algo la cantidad de buenas acciones, pasaban de largo y no volvían.
Así como las buenas cualidades dejaron su huella en su ser esencial, así lo hizo también la característica de la negligencia.

Fue entonces cuando murió. Encontrándose más allá de esta vida y encaminándose hacia las puertas del Jardín Amurallado, el hombre se detuvo para examinar su conciencia. Y sintió que su oportunidad de pasar por los Altos Portales era suficiente.
Vio que las puertas estaban cerradas; y entonces una voz se dirigió a él, diciendo:
-Permanece atento pues las puertas se abrirán sólo una vez cada cien años.

El hombre se acomodó a esperar, excitado ante la perspectiva. Pero perdidas las oportunidades de practicar virtudes en favor de la humanidad, se dio cuenta de que su capacidad de atención no le era suficiente. Después de estar atento durante un lapso que le pareció un siglo, comenzó a cabecear de sueño. Por un instante se cerraron sus párpados. Y en aquel momento infinitesimal, se abrieron las puertas de par en par.
Antes de que sus ojos estuvieran de nuevo completamente abiertos, las puertas se cerraron con un estruendo lo suficientemente fuerte como para resucitar a los muertos.



Este cuento fue recogido de la memoria popular
oral persa. Se atribuye a los derviches. La palabra turca derviche procede del persa darvésh, que significa "mendigo". Los derviches son frailes musulmanes dedicados a adquirir conocimientos y manifestarlos mediante obras de caridad. Algunos derviches se entregan a la pobreza, confiando en Dios para la subsistencia, y andan errantes por las regiones. Más allá de la hermandad a la que pertenezcan, todos aplican la enseñanza sufí en hechos cotidianos: el verdadero conocimiento se encuentra buscando en el interior de uno mismo.

1 comentario:

Funes dijo...

Pero qué bueno esto, Celeste!

Me ha encantado. Pero, che, qué capacidad que tenés para encontrar cosas, textos, culturas, ilustraciones. No me canso de felicitarte. Gracias por compartirlo.

Funes

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