lunes, 25 de octubre de 2010

Caprichos de la luna

Ilustración de Poli Bernatene
La Luna, que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías en la cuna, y se dijo: «Esa criatura me agrada.»

Y bajó muellemente por su escalera de nubes y pasó sin ruido a través de los cristales. Luego se tendió sobre ti con la ternura flexible de una madre, y depositó en tu faz sus colores. Las pupilas se te quedaron verdes y las mejillas sumamente pálidas. De contemplar a tal visitante, se te agrandaron de manera tan rara los ojos, tan tiernamente te apretó la garganta, que te dejó para siempre ganas de llorar.

Entretanto, en la expansión de su alegría, la Luna llenaba todo el cuarto como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso; y toda aquella luz viva estaba pensando y diciendo: «Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave.

«Y serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás reina de los hombres de ojos verdes a quienes apreté la garganta en mis caricias nocturnas; de los que quieren al mar, al mar inmenso, tumultuoso y verde; al agua informe y multiforme, al sitio en que no están, a la mujer que no conocen, a las flores siniestras que parecen incensarios de una religión desconocida, a los perfumes que turban la voluntad y a los animales salvajes y voluptuosos que son emblema de su locura.»

Y por esto, niña mimada, maldita y querida, estoy ahora tendido a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la terrible divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

Charles Baudelaire
Poema número 37 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa).

3 comentarios:

Funes dijo...

Hermosa esta entrada.
En "El arca de las palabras" el otro blog de Celeste, publiqué el poema que sigue de Lopez Velarde, mexicano:

Tenías un rebozo en que lo blanco
iba sobre lo gris con gentileza
para hacer a los ojos que te amaban
un festejo de nieve en la maleza.

Del rebozo en la seda me anegaba
con fe, como en un golfo intenso y puro,
a oler abiertas rosas del presente
y herméticos botones del futuro.

(En abono de mi sinceridad
séame permitido un alegato:
entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).

¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo
de maleza y de nieve,
en cuya seda me adormí, aspirando
la quintaesencia de tu espalda leve?

Este gran poeta mexicano invoca en este precioso poema a Baudelaire como un verdadero fenómeno en su vida: Baudelaire y otros autores hicieron que deje el seminario y la vida religiosa, y aunque siguió vinculado a las ideas del catolicismo, Baudelaire ejerció una influencia notable no solo en su escritura, sino también en su vida privada.
También en "el arca" Celeste publicó un texto de Rubén Darío, otro poeta latinoamericano, contemporaneo de Lopez Velarde, y también influenciado por Charles Baudelaire.
Funes

Celestacha dijo...

Qué poema hermoso...y qué bueno todo lo que aprendo de vos, Funes...me sigo preguntando cómo conoce tanto del mundo.
Un abrazo

Funes dijo...

gracias Celeste... no conozco casi nada del mundo, solo es que tengo el alma conmovida, es eso
nada mas.....
Funes

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